DEL CONOCIMIENTO AL TRABAJO: ¿QUÉ ESPERA LA SOCIEDAD DE NOSOTROS?

  Conocimiento, trabajo, Inteligencia Artificial y responsabilidad en una sociedad que necesita algo más que trabajadores.

“No hay ninguna razón para arriesgar 8.000 millones de vidas para hacer un poco más ricos a unos pocos.” Roman Yampolskiy, profesor asociado de la Universidad de Louisville

Vivimos en una época que ha hecho del conocimiento una de sus mayores fuentes de poder. Nunca la humanidad había dispuesto de tantas posibilidades para aprender, investigar, comunicar y transformar la realidad. Sin embargo, paradójicamente, mientras proclamamos que vivimos en la sociedad del conocimiento, buena parte de nuestras preocupaciones siguen girando alrededor de una pregunta mucho más elemental: ¿para qué sirve lo que sabemos?

La pregunta parece sencilla, pero contiene una profunda contradicción.

Durante décadas hemos acostumbrado a las nuevas generaciones a pensar que estudiar es el camino para conseguir un empleo y que conseguir un empleo es la condición para alcanzar una vida digna. De esta manera, la educación corre el riesgo de convertirse en un medio subordinado a un fin económico, y el conocimiento en una especie de moneda cuyo valor depende de su capacidad inmediata para ingresar al mercado laboral.

Pero ¿es realmente ese el sentido de educarnos?

¿Debemos estudiar solamente para trabajar? ¿O trabajamos, entre otras razones, porque hemos aprendido a transformar nuestras capacidades en algo que puede contribuir a nuestra propia vida y a la de los demás?

La aparición de la Inteligencia Artificial vuelve todavía más urgente estas preguntas. Las máquinas ya pueden realizar tareas que hasta hace poco considerábamos exclusivamente humanas: procesar información, redactar, calcular, traducir, diagnosticar patrones, programar y tomar decisiones dentro de determinados contextos.

Ante esta transformación, la educación no puede limitarse a enseñar al individuo a competir con la máquina.

Tiene que enseñarle a seguir siendo humano frente a ella.

EL FALSO PROBLEMA DE ELEGIR ENTRE SABER Y HACER

Quizá hemos construido un falso dilema entre conocimiento y empleabilidad.

Presentamos el saber y el hacer como si fueran dimensiones enfrentadas: de un lado, la universidad, el pensamiento, la investigación y la teoría; del otro, la empresa, el trabajo, la productividad y los resultados.

Pero el ser humano no vive dividido de esa manera.

Pensamos para actuar y actuamos para transformar aquello que pensamos. Aprendemos de la experiencia y transformamos la experiencia mediante el conocimiento. El problema comienza cuando alguna de estas dimensiones pretende imponerse sobre las demás.

Un conocimiento que nunca dialoga con la realidad puede convertirse en erudición estéril. Pero una acción que renuncia al pensamiento termina convirtiéndose en repetición.

SABER SIN HACER PUEDE SER IMPOTENCIA; HACER SIN SABER PUEDE SER CEGUERA.

La verdadera educación debería permitir que ambas dimensiones se encuentren en una tercera: la capacidad de comprender y transformar responsablemente el mundo.

Hannah Arendt distinguió entre diferentes formas de actividad humana y nos recordó que la vida no puede reducirse a la dimensión del trabajo. El ser humano también actúa, crea, habla, participa y construye un mundo común. Esta distinción resulta especialmente pertinente en una época en la que la productividad amenaza con convertirse en medida universal del valor de las personas.

Porque una pregunta permanece abierta: ¿cuánto vale una persona cuando dejamos de medirla por lo que produce?

EL TRABAJO NO PUEDE DEFINIR COMPLETAMENTE AL SER HUMANO

El trabajo es necesario. Proporciona sustento, autonomía, reconocimiento y posibilidades de realización. Pero cuando convertimos el trabajo en la única medida de la existencia, reducimos al individuo a su función productiva.

El profesional termina siendo su cargo.

El estudiante, su título.

El trabajador, su salario.

Y la persona desaparece detrás de la función que desempeña.

Aquí aparece una de las grandes tareas de la educación contemporánea: formar profesionales sin olvidar formar personas.

Martin Heidegger planteó una pregunta radical sobre nuestra relación con la técnica: ¿qué ocurre cuando dejamos de relacionarnos con el mundo como algo que merece ser comprendido y comenzamos a verlo únicamente como un conjunto de recursos disponibles?

La pregunta adquiere una vigencia extraordinaria frente a la Inteligencia Artificial.

Si comenzamos a considerar al estudiante como “recurso humano”, al profesor como “proveedor de contenidos” y al conocimiento como “insumo productivo”, terminaremos aplicando a la educación la misma lógica instrumental con la que administramos una máquina.

La tecnología puede ayudarnos a hacer más cosas. Pero hacer más no significa necesariamente vivir mejor. La educación tiene precisamente la responsabilidad de mantener abierta esa diferencia.

EDUCAR NO ES FABRICAR TRABAJADORES

La universidad tiene ante sí una responsabilidad que va mucho más allá de la empleabilidad inmediata.

Debe formar profesionales capaces de ejercer una profesión, pero también ciudadanos capaces de comprender la sociedad en la que esa profesión adquiere sentido.

Martha Nussbaum ha defendido la importancia de las humanidades y de las capacidades vinculadas con el pensamiento crítico, la imaginación y la comprensión del otro para la vida democrática. Su planteamiento resulta fundamental: una sociedad puede ser económicamente exitosa y, al mismo tiempo, empobrecerse humanamente si deja de formar ciudadanos capaces de pensar por sí mismos.

Por eso, la pregunta por la empleabilidad no debería formularse únicamente como:

¿qué necesita hoy el mercado laboral?

También debería preguntarse:

¿qué necesita la sociedad para seguir siendo humana?

Ambas preguntas no son incompatibles.

La empresa necesita profesionales competentes. La universidad necesita preservar la libertad del conocimiento. El Estado necesita ciudadanos preparados para afrontar los cambios. Y la sociedad necesita personas capaces de poner sus conocimientos al servicio de problemas que todavía no tienen una solución.

El verdadero desafío está en construir el puente.

LA EMPLEABILIDAD COMO RESPONSABILIDAD COLECTIVA

La empleabilidad suele presentarse como una responsabilidad individual: estudie, capacítese, actualícese, adquiera competencias y adáptese.

Algo de verdad hay en ello.

Pero esa mirada resulta insuficiente cuando ignora las condiciones sociales que hacen posible o imposible que el talento encuentre oportunidades.

Una persona puede prepararse durante años y encontrar un mercado incapaz de aprovechar sus capacidades. Una universidad puede producir conocimiento de calidad y no encontrar mecanismos para transferirlo. Una empresa puede necesitar innovación y, sin embargo, no establecer relaciones estables con los centros donde esa innovación se produce.

Por eso, la empleabilidad no puede ser exclusivamente una responsabilidad del individuo.

Es también una responsabilidad de la sociedad.

Una sociedad que invierte en educación tiene derecho a esperar que sus ciudadanos participen en ella; pero también tiene el deber de crear las condiciones para que esa participación sea posible.

Aquí aparece una palabra que considero fundamental: corresponsabilidad.

El individuo no solamente recibe de la sociedad; también le debe algo.

Cada conocimiento adquirido, cada profesión ejercida y cada capacidad desarrollada pueden convertirse en una forma de participación social.

No se trata de exigir que todo ciudadano sea empresario, investigador o innovador. Se trata de comprender que vivir en sociedad significa tener algo que aportar a los demás.

LA EDUCACIÓN COMO ACTO DE LIBERTAD

Paulo Freire entendió la educación no como un simple proceso de transmisión de conocimientos, sino como una práctica vinculada con la libertad y con la capacidad de leer críticamente el mundo.

Esta perspectiva nos permite recuperar una pregunta que el discurso contemporáneo sobre competencias y empleabilidad suele olvidar:

¿educamos para adaptarnos al mundo o también para transformarlo?

Si educar significa únicamente adaptar al individuo a las estructuras existentes, entonces la educación termina siendo conservadora por naturaleza.

Pero si educar significa desarrollar la capacidad de comprender críticamente la realidad, imaginar alternativas y actuar sobre ella, entonces la educación se convierte en una fuerza de transformación.

Esta diferencia es decisiva.

Una universidad que solamente enseña a sus estudiantes cómo ingresar al mercado laboral puede producir buenos empleados.

Una universidad que les enseña a comprender el mundo puede formar profesionales capaces de cambiarlo.

EL NUEVO DESAFÍO DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

La Inteligencia Artificial introduce una nueva dimensión en esta discusión.

Durante mucho tiempo educamos para adquirir información. Después educamos para desarrollar competencias. Ahora debemos educar también para convivir con sistemas capaces de procesar y generar información a una escala extraordinaria.

La pregunta educativa ya no puede ser únicamente qué debe saber un profesional.

Debe ser también: ¿qué debe saber hacer una persona cuando una máquina puede hacer muchas de las cosas que ella aprendió a hacer?

La respuesta no puede consistir en competir con la máquina en aquello que la máquina realiza mejor.

Tendrá que ver con aquello que nos hace responsables de nuestras decisiones: criterio, ética, imaginación, empatía, juicio, capacidad de diálogo y comprensión del contexto.

La Inteligencia Artificial puede generar una respuesta.

Pero la responsabilidad de decidir si esa respuesta debe ser aceptada sigue siendo humana.

Puede producir información.

Pero no puede determinar por nosotros qué merece ser considerado justo, digno o deseable.

Puede ayudarnos a resolver problemas.

Pero no puede decidir qué problemas vale la pena resolver.

Ese territorio pertenece todavía a la conciencia humana.

UNIVERSIDAD Y EMPRESA: DOS LENGUAJES QUE DEBEN ENCONTRARSE

La distancia entre universidad y empresa tampoco puede explicarse solamente por falta de voluntad.

Ambas instituciones poseen lenguajes, tiempos e incentivos diferentes.

La universidad privilegia la investigación, la reflexión y la generación de conocimiento. La empresa necesita resultados, eficiencia, innovación y sostenibilidad.

El investigador comienza con una pregunta.

El empresario suele comenzar con un problema.

Para uno, la hipótesis puede ser el comienzo de un largo camino. Para el otro, el resultado esperado puede determinar desde el principio la inversión.

El desafío consiste en crear espacios de traducción entre ambos mundos.

No se trata de convertir la universidad en empresa ni de pedirle a la empresa que funcione como universidad.

Se trata de comprender que el conocimiento necesita caminos para llegar a la sociedad y que la sociedad necesita conocimiento para resolver problemas cada vez más complejos.

Los perfiles híbridos, las instituciones de mediación y los ecosistemas de cooperación pueden desempeñar aquí un papel decisivo.

Pero esa cooperación debe estar sustentada en confianza, evidencia y respeto por la autonomía de cada actor.

¿QUÉ ESPERA LA SOCIEDAD DE NOSOTROS?

Llegamos así a la pregunta que da sentido a esta reflexión.

¿Qué espera la sociedad de nosotros?

Quizá hemos aprendido a exigir nuestros derechos con mayor claridad que nuestras responsabilidades.

Esperamos educación de calidad, oportunidades laborales, instituciones eficientes y mejores condiciones de vida. Y debemos exigirlas.

Pero también deberíamos preguntarnos:

¿qué estamos dispuestos a hacer con aquello que la sociedad nos ha permitido aprender?

Porque la educación no termina en nosotros.

Un maestro que educa transforma a quienes vendrán después. Un investigador que descubre abre posibilidades para otros. Un profesional que actúa con ética fortalece la confianza social. Un empresario que crea oportunidades modifica su entorno. Un ciudadano que participa responsablemente contribuye a la construcción de lo común.

El conocimiento, por tanto, no es únicamente patrimonio individual.

Es también una responsabilidad social.

Y aquí se encuentra quizá la verdadera relación entre conocimiento y empleabilidad: no en la capacidad de conseguir cualquier trabajo, sino en la posibilidad de convertir lo aprendido en una contribución significativa a la sociedad.

VOLVER A UNIR EL SER, EL SABER Y EL HACER

Durante demasiado tiempo hemos separado tres dimensiones que deberían permanecer unidas: ser, saber y hacer.

El ser nos recuerda que antes que profesionales somos personas.

El saber nos proporciona la capacidad de comprender.

El hacer convierte esa comprensión en acción.

Cuando estas dimensiones se separan, aparecen las deformaciones de nuestro tiempo: profesionales altamente capacitados pero indiferentes; trabajadores eficientes pero sin sentido de pertenencia; instituciones productivas pero incapaces de preguntarse por las consecuencias humanas de sus decisiones; sistemas educativos que entregan títulos pero no siempre despiertan conciencia.

Reconciliarlas significa recuperar una idea sencilla y, al mismo tiempo, profundamente exigente: la educación debe preparar para ganarse la vida, pero también para darle sentido a la vida.

La empleabilidad importa porque una persona necesita oportunidades para vivir dignamente.

El conocimiento importa porque permite comprender y transformar esas oportunidades.

La sociedad importa porque nadie construye su vida completamente solo.

Y el trabajo importa porque mediante él participamos, creamos y dejamos una huella en el mundo.

UNA ÚLTIMA PREGUNTA

Quizá el verdadero problema no sea preguntarnos si la universidad debe formar para el conocimiento o para el empleo.

La pregunta debería ser mucho más ambiciosa: ¿qué clase de personas necesita una sociedad que quiere seguir siendo humana?

Necesita profesionales competentes, sin duda.

Pero también personas capaces de pensar antes de obedecer, de cuestionar antes de aceptar, de crear antes de repetir y de comprender que el éxito individual pierde parte de su significado cuando no puede relacionarse con el bienestar colectivo.

El futuro no debería consistir en elegir entre humanidad y productividad. Debería consistir en humanizar la productividad y poner el conocimiento al servicio de la vida.

Porque una sociedad verdaderamente desarrollada no es aquella que consigue que todos trabajen más, sino aquella que consigue que más personas puedan aprender, trabajar, participar y vivir con dignidad.

Y quizá esa sea la verdadera empleabilidad: no solamente encontrar un lugar dentro del mundo que existe, sino adquirir la capacidad de aportar a la construcción del mundo que todavía necesitamos.

Entre el conocimiento y el trabajo no existe, entonces, una frontera que debamos defender.

Existe un puente que debemos construir. Y ese puente tiene tres palabras que no deberíamos volver a separar:

SER, SABER Y HACER.

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