Respeto, autoridad y falta de identidad
“En la actualidad, la sociedad se está escindiendo a ojos vistas en grupos que se oponen de manera hostil e irreconciliable. A quien exprese una opinión divergente se le declara inmediatamente como enemigo.” (Byung-Chul Han)
1. UNA MÁSCARA DESDIBUJADA
Vivimos un tiempo en que la sociedad, como advierte Han, se escinde en grupos hostiles e irreconciliables, y quien disiente es declarado enemigo antes de ser escuchado.[1] En ese clima ocurre algo más hondo que una simple descortesía: la sociedad ya no respeta ni se hace respetar, y llega a creer que irrespetar nos vuelve mejores personas, más libres y más auténticos. La máscara, esa forma que durante siglos permitió presentarse ante los demás con medida y reserva, se ha desdibujado hasta volverse irreconocible.
Según Han, la sociedad bien ordenada no es una sociedad del entendimiento, sino del respeto. No hace falta comprender por completo al otro para convivir con él; basta con reconocerlo, con mirarlo con la atención y la distancia que la propia palabra conserva: respetar procede del latín respicere, “volver la mirada”.[2] Cuando esa mirada desaparece, la convivencia queda a merced de la afinidad o de la fuerza.
El propósito es, por tanto, doble. Es filosófico, porque busca comprender por qué una sociedad hiperconectada se muestra cada vez menos capaz de soportar lo diferente; y es pedagógico, porque toda comprensión que no desemboca en una manera de educar se queda a medio camino. Si el respeto se ha olvidado, puede volver a aprenderse. La tesis que recorre estas páginas es que la crisis de identidad que hoy padecemos es el síndrome de una desautoridad: sin respeto no hay autoridad, y sin autoridad el yo carece de la forma que le permite saber quién es.
2. LA MÁSCARA Y SUS DETRACTORES
En el teatro antiguo, persona era la máscara del actor, y de ella la palabra pasó a designar al individuo mismo.[3] Ser persona es, entonces, aparecer ante los otros bajo una forma reconocible, asumir un papel y responder por él. La máscara no es lo contrario de la identidad, sino su condición pública: sin ella, el rostro quedaría desnudo ante una mirada que no ha aprendido a mirar. No somos sin forma, y la forma no oculta al ser humano, sino que lo hace presentable ante los demás y lo resguarda de la exposición total.
La modernidad, sin embargo, ha sospechado de ella. Conviene recordar que el afán de Rousseau por la autenticidad y la veracidad le impidió ver las funciones sociales que cumple la cortesía.[4] En su primer Discurso lamentó que la urbanidad de su siglo cubriera los vicios bajo una uniformidad de maneras, y en su Carta a d’Alembert opuso al teatro la fiesta donde el pueblo se contempla a sí mismo, transparente ante sus iguales. Para el ginebrino, el gesto convencional es disimulo del corazón; pero la cortesía, el pudor y la reserva no son meras hipocresías: son las formas que hacen posible la convivencia entre quienes no se conocen ni se aman, y que protegen al otro de una intimidad que no ha elegido mostrar. El respeto, como la cortesía, es inherente a toda sociedad: no hay vida común sin alguna forma de contención.
Su sospecha, con todo, encierra una verdad que no conviene desechar: la cortesía puede degenerar en servilismo o en hipocresía, y una máscara sin rostro es una forma vacía. De ahí que sea necesaria la sindéresis, el discernimiento prudente que aplica los principios a las circunstancias,[5] para distinguir la forma que protege de la que oprime. El problema de nuestro tiempo no es el exceso de máscaras, sino la desaparición de la forma, hasta el punto de que el desnudamiento se confunde con la sinceridad.
Richard Sennett lo formuló con precisión: la civilidad consiste en tratar a los demás como si fueran extraños y construir sobre esa distancia un vínculo social, mientras que la incivilidad es cargar a los otros con uno mismo.[6] Respeto, cortesía y distancia son, así, las caras de una misma moneda: respetar es no imponerle al otro la carga de nuestra intimidad ni exigirle la suya.
3. EL ANFITEATRO DERRIBADO
Sennett mostró que esa contención tenía, además, una arquitectura. Al referirse al teatro y a la vida pública del siglo XVIII, sostiene que la cantidad de personas que se exhiben es muy limitada “precisamente por esta disposición en forma de anfiteatro”.[7] La forma —las gradas, las distancias, la escena— ordenaba la exposición y la volvía excepcional. En aquella vida pública, el encuentro con el extraño estaba mediado por convenciones de trato, de lenguaje y de vestido que permitían compartir el espacio sin exigir intimidad.
El historiador de la vida pública describió después el movimiento contrario, al que llamó la tiranía de la intimidad: la creencia de que lo auténtico es mostrar lo íntimo y de que la distancia equivale a frialdad o a engaño.[8] Es, en cierto modo, la heredera del reproche de Rousseau a la cortesía. Bajo esa creencia, quien guarda reserva parece sospechoso, y quien lo expone todo, sincero.
La sociedad digital ha llevado esa lógica hasta el extremo. Ha derribado el anfiteatro: sin gradas, sin distancia y sin escena, todos se exhiben y todos juzgan, y la exposición permanente, lejos de ampliar el respeto, lo disuelve en enjambre. La paradoja es dolorosa: nunca se mostró tanto y nunca se miró tan poco, pues exhibirse no es ser visto, y ser visto no es ser reconocido. Derribado el anfiteatro, cada cual debe fabricar por sí mismo una identidad y exhibirla sin mediación; sin una forma que lo sostenga, el yo oscila entre la autoexposición y la hostilidad hacia quien no lo aplaude. Así se explica el clima que describe el epígrafe: cuando la identidad es frágil, la diferencia del otro se vive como agresión.
4. LA AUTORIDAD COMO CONDICIÓN DE IDENTIDAD
Y es que la cultura nació para desafiar dogmas, no para administrarlos, como lo recuerda la filósofa Diana Cohen Agrest. Pero desafiar un dogma exige un espacio donde hacerlo sea posible sin que el desafiante sea destruido; ese espacio lo construyen precisamente las formas del respeto, y esas formas descansan sobre la autoridad.
Conviene, entonces, distinguir la autoridad de la dominación. La dominación se impone por la fuerza y exige obediencia; la autoridad, en cambio, descansa en el reconocimiento y requiere, por eso, respeto. Cuando se la confunde con dominio, pierde su energía generadora: ya no hace crecer, solo somete. La raíz latina lo sugiere, pues auctoritas deriva de augere, “aumentar”.[9] Autoridad es aquello que permite que algo —una persona, una institución, una palabra— crezca.
Aquí aparece la identidad. Albert Camus habló de la falta de identidad cuando aseguró que la sociedad construye al hombre y que este asume actitudes que desdibujan su propio ser.[10] Si la sociedad nos forma, una sociedad sin respeto ni autoridad no puede formar identidades firmes: produce individuos que oscilan entre la imitación y la rebeldía sin destino. De otro lado, Gabriel García Márquez, en “Colombia al filo de la oportunidad”, abordó la identidad americana como una enfermedad de la sociedad, por pretender negar nuestro origen y dejarnos manejar por Occidente.[11] La imagen es elocuente: una identidad que se avergüenza de su origen y se somete a una autoridad ajena no tiene voz propia. La falta de identidad es, en rigor, un síndrome de desautoridad.
Surge entonces la pregunta: ¿qué es identidad y cómo la representa el hombre en todos sus espacios? ¿Existe un lugar en que el individuo pueda esconder su propia identidad para esgrimirla de acuerdo con su conveniencia?
5. CUANDO LA MÁSCARA REPRESENTA LO INSUBORDINADO
Sin una autoridad que la sostenga, la máscara cambia de sentido. Ya no es la forma que protege al otro, sino el disfraz tras el cual se esconde la propia identidad para esgrimirla según la conveniencia: el anónimo del enjambre digital que insulta sin dar la cara, o el individuo que presenta un rostro distinto en cada espacio. Es la máscara de lo insubordinado, que no respeta ni quiere ser respetada porque ha llegado a creer que irrespetar es una forma de autenticidad. La sospecha de Rousseau se cumple aquí, aunque no por las razones que él supuso: no es la cortesía la que disimula, sino su ausencia la que enmascara.
Podríamos decir, en palabras de la escritora argentina Ariana Harwicz, que nos oponemos al mundo cuando las explicaciones que se ofrecen frente a un reconocimiento o un rechazo alteran al público. Esa alteración suele resolverse de dos maneras: la posición desaparece porque nadie la defiende, o es aceptada de forma irracional. En ambos casos falta la mirada atenta que Han asocia al respeto, y con ella la capacidad de examinar. Esto ocurre incluso en los espacios culturales, que deberían ser los primeros en someter las ideas al examen y en resistir las presiones de quienes se sienten ofendidos.
Es en este punto donde reaparece la censura, ya no como protagonista, sino como consecuencia. A lo largo de la historia, el intento de eliminar ideas mediante la censura o la expulsión de quienes las expresan ha resultado ineficaz y contraproducente. “El camino hacia el control de ideas casi siempre se justifica con propósitos protectores” (Luis M. Rodríguez), o con fines aparentemente correctos: a veces para disfrazar el poder; otras, cuando la percepción subjetiva del daño se impone sobre la verdad; y otras, cuando se quiere desacreditar al mensajero o presionar para que sus argumentos no se difundan. Albert Camus distinguió con lucidez la forma que da cauce de la que mata: “Sin libertad no hay arte; el arte vive únicamente de las restricciones que se impone a sí mismo y muere por todas las demás”.[12] Hoy, además, esa censura no siempre la impone un poder situado por encima de nosotros, sino el enjambre y el miedo a opinar.
6. POR QUÉ ES TAN DIFÍCIL ACEPTAR LA PEDAGOGÍA COMO IDENTIDAD
Pedagogía viene del griego paidagogos, el que conducía al niño hacia el maestro. Educar es conducir, y conducir supone una autoridad que el otro reconoce. De ahí que formarse sea también darse forma: llegamos a ser quienes somos a través de aquellos a quienes respetamos. Pero esta idea resulta hoy difícil de aceptar por varias razones. La autoridad se percibe como dominación y, por tanto, como amenaza a la libertad. La cultura de la exposición convierte a cada cual en un proyecto de sí mismo que no quiere ser moldeado por nadie. El respeto exige distancia y paciencia, mientras que el enjambre reclama inmediatez. Y reconocer a un maestro implica admitir que otro sabe más, un gesto que hiere la vanidad de una época que se cree dueña de su propia verdad.
Educar en el respeto no consiste, entonces, en imponer silencios, sino en enseñar las formas que permiten hablar: escuchar antes de responder, distinguir a la persona de la idea que sostiene, argumentar sin humillar y disentir sin expulsar. Podemos protestar contra una idea, escribir contra ella, refutarla y hasta considerarla profundamente equivocada sin necesitar que desaparezca quien la sostiene. ¿Qué esperamos, en últimas, de los espacios culturales y académicos? ¿Un lugar donde solo encontremos el eco de lo que ya pensamos o uno donde sea posible incomodar y ser incomodados con respeto? Las aulas, las universidades y los espacios culturales son los anfiteatros de nuestro tiempo: allí puede aprenderse de nuevo la forma que sostiene la identidad.
7. DESVERGÜENZA Y AUTORIDAD
Nos encontramos, y para nadie es un secreto, en la época de la desvergüenza. Esta surge precisamente cuando se quebranta un orden social superior: la vergüenza es el sentimiento por el cual reconocemos que hay algo por encima de nuestro capricho ante lo cual debemos responder, y cuando ese orden se rompe, nadie responde ante nadie.[13] Por eso la sociedad actual no se avergüenza de irrespetar, sino que lo exhibe como mérito. Decirlo todo, sin filtro ni reserva, se ha convertido en una virtud, como si la transparencia absoluta que Rousseau soñó para una comunidad de ciudadanos se hubiera trasladado a la pantalla, pero sin su horizonte cívico.
Se advierte así una cadena de dependencias: la vergüenza hace posible el respeto; el reconocimiento, la autoridad; y la identidad. Cuando se rompe el primer eslabón, los demás se aflojan. Por eso la autoridad que no es respetada se ve tentada a transformarse en dominio, y el dominio, a su vez, solo consigue obediencia, nunca reconocimiento: pierde justamente aquello que la hacía generadora.
Restaurar el orden no puede significar, sin embargo, ni nostalgia de jerarquías rígidas ni reverencia por títulos vacíos. Aquí vuelve a ser necesaria la sindéresis: el discernimiento que distingue la autoridad legítima, la que hace crecer, del autoritarismo, que se limita a mandar. Y ese discernimiento debe ser contextual. En nuestro continente, marcado por órdenes impuestas desde fuera, la autoridad que se necesita no puede ser ajena ni prestada; ha de brotar del reconocimiento del propio origen, que es justamente lo que García Márquez echaba de menos cuando hablaba de una identidad enferma. Una autoridad así no suprime la máscara; la devuelve a su sentido de forma compartida de respeto.
Estamos, pues, ante una tarea que no es solo política, sino también pedagógica y moral: reconstruir, en la familia, en la escuela y en la vida pública, la experiencia de que hay algo ante lo cual vale la pena responder. Sin ella, ni el respeto ni la identidad encuentran suelo donde crecer.
8. CONCLUSIÓN Y CIERRE
Recorrido el argumento, puede afirmarse que lo que parecía un problema de censura es, en el fondo, un problema de respeto, y que este es, a su vez, un problema de autoridad y de identidad. La máscara, entendida como forma, cortesía y reserva, no oculta lo humano: lo vuelve habitable. Rousseau acertó al desconfiar del disimulo, pero no vio que sin forma tampoco hay encuentro; Sennett nos recordó que esa forma tenía una arquitectura, y Han advierte que, derribada, la sociedad se fragmenta en bandos hostiles donde disentir equivale a ser enemigo.
La autoridad, distinta de la dominación, es la energía que hace crecer y que por eso exige respeto; sin ella la identidad se desdibuja y oscila entre la imitación y la rebeldía, como sugieren Camus y García Márquez. De ahí que la censura, aun con buenas intenciones, sobrepase sus propósitos: sustituye la forma que permite el desacuerdo por la fuerza que lo suprime y termina empobreciendo el debate y la creatividad misma.
El camino de regreso es pedagógico. Educar es conducir, y conducir supone una autoridad reconocida. Enseñar a escuchar antes de responder, a distinguir a la persona de la idea, a argumentar sin humillar y a disentir sin expulsar es devolverle al ser humano la forma que lo sostiene. Escuchar no es aprobar, y contradecir no exige expulsar. Una sociedad bien ordenada no es aquella que se entiende por completo, sino la que se respeta; y solo en ella puede el ser humano reconocerse a sí mismo y seguir siendo humano. Volver a mirar al otro es, quizá, el gesto más antiguo y más urgente de nuestra humanidad.
[1]. Han, Byung-Chul. Sin respeto: una crisis social. De esta obra provienen las ideas atribuidas a Han en este texto, incluido el epígrafe.
[2]. Han, Sin respeto, ya citado, sobre el respeto como mirada y distancia.
[3]. Del latín persona, “máscara de actor”; su origen último se discute entre los filólogos.
[4]. Rousseau, Jean-Jacques. Discurso sobre las ciencias y las artes (1750) y Carta a d’Alembert sobre los espectáculos (1758). Su ideal de transparencia es criticado por Han en Sin respeto, ya citado.
[5]. Del griego synteresis; en la tradición escolástica, hábito de la razón práctica que capta los principios del obrar.
[6]. Sennett, Richard. El declive del hombre público (1977), sobre la civilidad como distancia entre extraños.
[7]. Sennett, El declive del hombre público, ya citado, sobre la vida pública y el teatro en el siglo XVIII.
[8]. Sennett, ob. cit., sobre la “tiranía de la intimidad”.
[9]. Del latín auctoritas, derivado de augere (“aumentar, hacer crecer”); de la misma raíz procede la palabra autor.
[10]. Camus, Albert. El artista y su tiempo (1957)
[11]. García Márquez, Gabriel. Colombia al filo de la oportunidad (1996), Tomo 1, p. 25.
[12]. Camus, El artista y su tiempo (1957), ya citado.
[13]. Han, Sin respeto, ya citado, sobre la desvergüenza como ruptura de un orden superior.
