RENOVAR LA DOCENCIA, DEJARNOS ESTUDIAR, DEJARNOS PENSAR: MANIFIESTO POR UNA UNIVERSIDAD HUMANISTA

  Una reflexión humanista sobre la crisis y el porvenir de la universidad

“Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad.” (Nuccio Ordine)

  1. EL DIAGNÓSTICO DE UNA CRISIS ANUNCIADA

Es un hecho cierto, casi una evidencia que no admite discusión, que la universidad requiere hoy una renovación profunda: desde lo institucional hasta lo pedagógico, desde el profesorado hasta el alumnado, desde lo administrativo hasta la política educativa pública. Colombia, en particular, necesita ese viraje con urgencia. Aunque la educación ha dejado de ser bancaria en algunos espacios —aquella que Freire[1] describió como el simple depósito de contenidos en mentes pasivas—, en muchas otras aulas sigue afectando de manera silenciosa la alfabetización real y la formación profesional. Se gradúan estudiantes con vacíos ortográficos y gramaticales que la corrección automática del computador disimula, pero no resuelve; se entregan títulos sin que, muchas veces, se haya entregado también la capacidad de pensar por cuenta propia.

La experiencia dejada por la pandemia del año 2020 agravó ese cuadro. Una generación completa de estudiantes asumió que internet lo es todo, que la respuesta rápida sustituye a la comprensión lenta, y que la inteligencia artificial puede convertirse en el fin del ejercicio intelectual y no en uno de sus medios. Ahí está, quizá, el núcleo del problema: cuando la herramienta se confunde con el camino, el estudiante deja de recorrer el trayecto que lo forma. Se trata de una crisis generalizada del sistema educativo, que exige ser repensada si aspiramos a un mejor producto final: no un técnico eficiente y vacío, sino un ser humano pleno, crítico y capaz de habitar la verdad.

  1. LA UNIVERSIDAD COMO COMUNIDAD QUE BUSCA LA VERDAD

Toda reflexión seria sobre la renovación universitaria debe partir de una pregunta anterior a cualquier reforma curricular: ¿para qué sirve, en el fondo, la educación superior? Joseph Ratzinger[2] sostuvo que la universidad solo puede comprenderse desde el deseo humano de saber, un deseo que no se agota en la transferencia de técnicas, sino que aspira a acercar al individuo a la verdad. Esa aspiración no es un adorno filosófico ni una nostalgia de otros tiempos: es la razón de ser de la institución universitaria. Preparar para la vida profesional es apenas una de sus funciones; la otra, no menos importante, es preparar al ser humano para encontrar aquello que, en el vértigo de lo inmediato, con frecuencia se le extravía.

Cabe entonces preguntarse si las instituciones de formación profesional están realmente preparadas para albergar y transmitir esa verdad, o si, por el contrario, se han limitado a acumular información que desborda el dominio técnico sin tocar el alma de quien aprende. Benedicto XVI[3] lo resumió con una fórmula que conserva toda su vigencia: la verdad nos hace buenos, y la bondad, a su vez, es verdadera. Esta perspectiva, de raíz socrática, recuerda que el ser humano necesita la verdad para ser plenamente humano y, por ende, más sociable; no en vano Sócrates[4] sostenía que una vida sin examen no merece ser vivida. La plenitud humana no se agota en el éxito profesional ni en la comodidad material: se cultiva rescatando las preguntas eternas por el bien, la justicia, la dignidad y el sentido de la propia historia.

De ahí que la ciencia se empobrezca cuando se desvincula de las humanidades y de una ética cimentada en la verdad. Sin ese principio rector, la educación termina claudicando ante la desorientación cultural contemporánea y se convierte en una maquinaria eficiente para procesar datos, pero incapaz de generar sabiduría; un sistema que acumula información mientras ignora las raíces de sus propios problemas. Cada disciplina conserva, por supuesto, sus criterios y validaciones propias, y esa autonomía es indispensable; pero ninguna disciplina debería comportarse como una isla incomunicada, porque el complemento de la verdad —como recordaba John Henry Newman[5]— se sostiene en el mundo por la influencia personal de quienes la encarnan como maestros. Una nueva definición de la universidad, entonces, la reconoce como una comunidad de búsqueda: un lugar donde el conocimiento se recibe, se contrasta, se debate y se comparte, y no un depósito donde la información se queda encerrada entre paredes oscuras y silenciosas.

III. EL HUMANISMO FRENTE AL UTILITARISMO

Buscar la verdad, sin embargo, exige defender antes que nada al ser humano de la lógica que hoy amenaza con reducirlo a mercancía. El filósofo italiano Nuccio Ordine[6] ha señalado, con razón, que en muchas entidades educativas se está imponiendo un discurso utilitarista sobre el ser humano, el humanismo y la humanidad, en el que criterios ajenos a lo formativo —empezando por el dinero— terminan gobernando la vida académica. Ese diagnóstico pone el dedo en la llaga: ninguno de nosotros es una isla, y la utilidad de lo aparentemente inútil —las humanidades, la filosofía, el arte de pensar sin urgencia— se ha convertido en la dinámica que enfrentamos todos los días, justo cuando la sociedad cambia a pasos agigantados y el ser humano hace poco por resolver la confusión existencial entre la barbarie, la incertidumbre y la vulnerabilidad.

Si el mundo puede llegar a parecer una mentira, cabría preguntarse cuántas mentiras más pueden esconderse en nuestras razones, como advertía el filósofo Miguel Seguró[7]. De ahí la pertinencia de interrogarnos por la incidencia real de las humanidades en un tiempo en que lo contemporáneo se mide por el criterio del mercado, del ocio desenfrenado y de un consumo convertido en síndrome compulsivo. Defender el humanismo no es, por tanto, un ejercicio de nostalgia académica, sino una apuesta por convertir a la sociedad en algo más plenamente humano frente a la politiquería, la guerra, la violencia de grupos al margen de la ley y la pobreza generalizada que amparan políticas ajenas a la realidad de nuestros pueblos.

Somos humanos, en definitiva, en la medida en que reconocemos al otro y vivimos para el otro; en la medida en que desarrollamos valores como el respeto, la solidaridad y la compasión, y no permitimos que el culto al dinero, al mercado o al individualismo pervierta esa capacidad esencial de construirnos a partir de una conexión profunda con los demás. Recuperar ese vínculo —dejar de preguntarnos por lo que aparentamos ser y volver a preguntarnos por lo que genuinamente somos— es, quizá, la tarea humanista más urgente de la universidad contemporánea.

  1. DEJAR ESTUDIAR: RECUPERAR EL ARTE DEL ESTUDIO

Junto a la verdad y al humanismo, hay un tercer elemento que la renovación universitaria no puede pasar por alto: el propio hecho de estudiar, entendido no como un trámite administrativo sino como una vocación. El profesor Francisco Esteban Bara[8] ha insistido en que estudiar y universidad mantienen una relación íntima, casi antonomásica: la universidad es, por definición, el lugar donde las cosas del mundo se observan, se relacionan y se examinan al más alto nivel, con ojo clínico y espíritu crítico. Durante siglos ha atraído a personas apasionadas por ese modo de estudiar, hasta el punto de convertirlo en un modo de vida, en un modus vivendi y un modus operandi que atraviesa la historia entera del progreso cultural y científico.

Sin embargo, algo viene ocurriendo con el hecho de estudiar que lo ha ido banalizando. Por un lado, existe el riesgo de las propuestas momificadas, que producen modorra y disuaden al estudiante; por otro, el riesgo contrario, no menos grave, de creer que el estudio universitario debe volverse práctico, rápido, técnico y accesible para gustar a cualquiera, confundiendo así el reto de estudiar más y mejor con la conversión del estudio en un trámite liviano o, peor aún, en un simple divertimento. No pasa nada, desde luego, porque haya personas a quienes no les interese estudiar al estilo universitario; el verdadero problema surge cuando quienes sí desean hacerlo terminan aburridos y decepcionados porque ese modo de estudiar ha perdido su personalidad.

A esa banalización se suma la pretensión, muy propia de nuestra época, de tenerlo todo previsto y calculado: metodologías, recursos tecnológicos, encuestas, evaluaciones internas y externas, informes nacionales e internacionales que persiguen un estudio irrefutable, garantizado, casi a nivel gourmet. Nada de eso está mal en sí mismo, siempre que no se asfixie al estudiante ni se le reste tiempo al propio tiempo de estudio, y siempre que no se olvide que, como el hecho de vivir o el de amar, estudiar incluye aspectos imprevisibles, más propios del arte que de la ciencia: una auténtica artesanía intelectual que la métrica de calidad, por sí sola, jamás podrá sustituir.

El estudio, entendido así, es también un conocimiento necesariamente transferible, una responsabilidad social de la propia universidad, que sorprende por lo poco que se habla de él pese a que solucionaría buena parte de los problemas educativos actuales. Puede describirse como una ceremonia de la atención, la prudencia, la escucha, el esfuerzo, el respeto, el silencio y hasta la humildad; una reverencia hacia las verdades, las bellezas y las bondades de este mundo, particularmente necesaria en una época que cree que solo existe lo que se ve, se toca y se escucha, y en la que todavía, como en tiempos de Quevedo, «poderoso caballero es don dinero». Una vida basada en el hecho de estudiar no es mejor ni peor que otras, pero es una vida posible y llena de posibilidades, capaz de posibilitar un mundo más humano y humanizador. Por ello resulta razonable, y hasta urgente, que a quienes desean estudiar se les deje, sencillamente, estudiar.

  1. LA RENOVACIÓN DE LA DOCENCIA: DE LA TEORÍA A LA ACCIÓN INSTITUCIONAL

Todo lo anterior sería una reflexión incompleta si no desembocara en una propuesta concreta de renovación docente, pues la búsqueda de la verdad, la defensa del humanismo y el rescate del arte de estudiar solo se sostienen si hay maestros capaces de encarnarlos. Colombia necesita un cambio sustancial en sus sistemas educativos, con enfoques interactivos que superen definitivamente al profesor tradicionalista, discursivo y memorístico, cuya enseñanza suele producir alumnos poco productivos, poco imaginativos y, en no pocos casos, distanciados de los libros. Cambiar la actitud del estudiante exige, antes que nada, formar educadores nuevos: capaces de generar educandos críticos, constructores de nuevos ideales, que no reciban la educación a pedacitos sino que la asuman como un cambio integral de actitud y de paradigma, más cercano a la realidad concreta del país.

Ese propósito solo es alcanzable mediante alianzas estratégicas que generen, a un tiempo, una nueva educación, un nuevo estudiante y un nuevo maestro, redundando en un aumento real de la calidad y, por tanto, de la competitividad en todos los niveles. Se requieren procesos donde el estudiante sea sujeto de conocimiento, un individuo cuya práctica sea el reconocimiento de todo lo adquirido, y donde sea la comunidad —no solamente el aula— la destinataria final de los elementos elaborados para mejorar su calidad de vida. El docente universitario, por su parte, está llamado a ser guía del estudiante y de la gente del común, desarrollando nuevas tecnologías y nuevas formas de acompañamiento que eleven la autoestima del ser humano, sin perder nunca de vista que la tecnología —también la inteligencia artificial— debe seguir siendo un medio y jamás un fin en sí mismo.

Los componentes de un modelo de formación permanente, en su sentido teleológico y en su función esencial, deben contribuir con otros programas e instancias al mejoramiento cualitativo de la educación superior, elevando su calidad con base en criterios de excelencia, eficacia, eficiencia y equidad. Cabe distinguir, al menos, cinco componentes fundamentales: los requerimientos mínimos de la formación permanente; los objetivos y metas que definen sus finalidades; los procesos curriculares que hacen posible la acción transformadora; los procesos administrativos que orientan, implantan y sostienen dicha formación; y los procesos evaluativos que permiten controlar, hacer seguimiento y perfeccionar el conjunto. A partir de las necesidades de formación y de las condiciones para el desarrollo social del docente, resulta posible fijar unos requisitos mínimos: formular objetivos y metas diferenciales; proporcionar los conocimientos, las habilidades, las actitudes y los valores que el docente debe adquirir; garantizar el acceso a los medios e instrumentos necesarios para transformar y aplicar esos conocimientos; y definir criterios, pautas e indicadores de evaluación que permitan apreciar y valorar la calidad del rendimiento educativo.

El objetivo general que debe orientar toda esta renovación es superar aquellos factores que limitan el rendimiento integral y la calidad de la educación superior, lo cual supone, en concreto: identificar los factores que inciden en dicho rendimiento; promover la realización del docente como persona, como profesional y como trabajador de la cultura, promotor del desarrollo humano integral; motivar y capacitar a los docentes investigadores con estrategias pedagógicas adecuadas; y mejorar el nivel académico, la capacidad investigativa y pedagógica, la habilidad didáctica y comunicativa, así como la capacidad de gestión de quienes tienen en sus manos la formación de las nuevas generaciones.

  1. A MODO DE CONCLUSIÓN: DEJAR ESTUDIAR PARA RENOVAR LA DOCENCIA

La universidad que Colombia necesita no es, entonces, una institución que renuncie a la técnica ni a la actualización pedagógica, sino una que recupere, junto a ellas, el deseo humano de saber, el compromiso humanista con el otro y el derecho —casi olvidado— a estudiar sin prisa. Renovar la docencia y dejar estudiar no son, en el fondo, dos tareas distintas: son las dos caras de una misma vocación. Solo un profesorado que entienda la enseñanza como una ceremonia de atención y de servicio a la verdad podrá formar estudiantes que dejen de ver en la inteligencia artificial un sustituto del pensamiento y comiencen a verla como lo que debe ser: una herramienta al servicio de un fin más alto.

Queda, pues, la tarea pendiente para las universidades, para los docentes y para las políticas educativas públicas: construir juntos ese nuevo paradigma en el que la calidad no se mida solamente en indicadores, sino en la hondura humana de quienes se atreven, todavía, a estudiar de verdad.

[1]Freire, Paulo. Pedagogía del oprimido. Montevideo: Tierra Nueva, 1970. Véase el concepto de “educación bancaria”, criticado por su carácter pasivo y depositario.

[2]Ratzinger, Joseph. Reflexión recogida en su magisterio sobre fe, razón y universidad; véase también su intervención en la Universidad de Ratisbona (2006).

[3]Ratzinger, Joseph, como Benedicto XVI. Fórmula recurrente en su magisterio sobre la relación entre verdad y bondad.

[4]Sócrates, según el testimonio de Platón, Apología de Sócrates, 38a.

[5]Newman, John Henry. The Idea of a University. Londres, 1852.

[6]Ordine, Nuccio. La utilidad de lo inútil. Barcelona: Acantilado, 2013; declaraciones recogidas en entrevista, mayo de 2025.

[7]Seguró Mendlewicz, Miguel. Filósofo español contemporáneo; reflexión citada en el marco del debate sobre humanismo y verdad.

[8]Esteban Bara, Francisco. “Déjennos estudiar (I y II)”. Universidad de Barcelona, publicado en universidadsi.es, 10 de febrero de 2026.

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