EL PODER DE LAS MANOS EN UNA SOCIEDAD DESARRAIGADA

   “Somos lectores porque somos humanos. Pero, sobre todo, somos humanos porque somos lectores” (N. Castellanos).

Se ha deshumanizado tanto la sociedad que se han perdido y olvidado las manos, ese regalo de los dioses, obsequio fascinante para mover los hilos indispensables que conectan al ser humano con su cotidianidad y con aquello que afina la lectura de la vida, tanto en lo racional como en lo emocional, cuando se busca la evolución en la transición de lo social a lo digital, de la tecnología y su inteligencia artificial, como nuevas formas de leer la dinámica de cómo se lee, se escribe y se produce lenguaje. Una sociedad desarraigada es, precisamente, aquella que ha perdido ese anclaje en el cuerpo; de ahí que este texto sostenga que el poder de las manos consiste en devolvernos raíces: tocar, escribir y leer con ellas es volver a habitar el mundo.

Lo humanista, tal como se interpreta actualmente, ha sido oportuno para ese cambio de paradigma que requiere ese «no sé qué», importante para transformar la radicalidad en que se encuentra sumida la sociedad. La complejidad de ese proceso evolutivo, con sus palabras sencillas, claras y visuales, muestra los vericuetos y caprichos que se abren paso para disfrutar del regalo de los dioses mencionado.

Hablamos de esa “deshumanización” en virtud de ese destello de luz que nos hace avanzar y nos lleva más adelante; de ahí la necesidad de tener en cuenta el cuerpo y el cerebro como esa homeostasis que controla el equilibrio interno y externo, pues de ahí proviene esa constante retroalimentación que regula el control: reduce o detiene el cambio para volver a ese estado normal, ese en el que la fragilidad se convierte en fortaleza y la duda, en fe. Allí lo sensorial detecta los cambios, lo integrador decide las acciones a tomar y, en última instancia, los efectores ejecutan esa orden para corregir los supuestos desvíos y volver al equilibrio. En ese circuito, las manos son a la vez sensor y efector: tocan y transforman, y por eso son el órgano con el que una sociedad desarraigada puede recuperar su equilibrio.

Nos preguntamos: ¿dónde contactamos lo real?, ¿cómo lo sopesamos y lo palpamos para tomar ese riesgo de no encontrar nada? La mano es una materialidad capaz de amoldarse a todas las materialidades, un órgano plásticamente abierto a la totalidad del ser, según Carlos Javier González, al indagar acerca de la plasticidad de la mano para amoldarse a todas las sustancialidades. Dejar lo conocido por lo ignorado es el ejercicio de riesgo que nos hace crear e innovar para afrontar los peligros extremos en que a veces se convierte el modo de supervivencia del individuo.

Para algunos pensadores, las manos y el alma operan como umbral y puente para insertarnos en el mundo (Aristóteles), como una manera de alcanzar la finitud de la belleza hasta el punto de compartir el alimento, abrazar a un amigo o saludarnos antes de que nuestras manos envejezcan y se deterioren, de manera que honrar los surcos que deja el paso del tiempo sea muestra de lo incuestionable y perecedero que se vuelve la subsistencia humana.

¿A cuántos recordamos por sus manos, por esa señal hecha en su momento, por la fragilidad y la caligrafía con que concibieron sus ideas, expresaron lo que pensaban y escribieron su experiencia para comunicarla a los demás? A juicio de Jean-Luc Nancy, escribir a mano excede la mera ejecución biomecánica, ya que mediante la caligrafía establecemos un anclaje táctil con el acto de pensar que evidencia nuestra corporeidad, esto es, esa manera de asentar la realidad material como testimonio para restaurar la herida dejada por la incapacidad y el desinterés de poder pensar en el presente. Somos, entonces, fisiológicamente lectores: el cerebro es un sistema permeable que vive en el mundo y nos obliga a saber leer; en consecuencia, es imposible biológicamente madurar sin la lectura, esa en la que se usan las manos como instrumento para recordarnos el incuestionable encanto de entender la temporalidad consciente, dotada de significación, que se enfrenta a la inercia que rige el devenir cotidiano.

Somos un rastro o dejamos un rastro. El asedio que va de lo social a lo tecnológico, de lo digital a la automatización, no interrumpe el bombardeo de esos estímulos externos que adormecen ese fundamento carnal de nuestras vidas. La escritura, la lectura y la mano inician ese regreso al mundo, en el que nos sentimos a veces más alejados, otras expulsados, pero siempre con el deseo de evitar ese sin respeto al que alude Byung-Chul Han (2026). Ahí reside el poder de las manos: en una sociedad desarraigada, tocar, escribir y leer con ellas nos devuelve el arraigo al mundo.

“No solo estamos perdiendo habilidades al permitir que secuestren nuestras manos: estamos perdiendo el mundo. ¿De qué sirve tenerlo «al alcance de la mano», como promete la tecnología digital, si dejamos de estar en él? ¿Qué mundo nos quedará cuando ya no queramos tocarlo? Acaso, como sostuvo Aristóteles, el alma necesite de las manos para no olvidar el mundo” (Carlos Javier González).

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