“En demasiados momentos de la historia la humanidad creyó que podía derrotar una idea expulsando a quien la expresaba.” (Diana Cohen Agrest, filósofa argentina)
En muchas ocasiones confundimos escuchar con aprobar. Un argumento se escucha para examinarlo, y después puede ser contradicho, aceptado o refutado; sin embargo, cuando algo nos incomoda, es habitual que aparezcan las protestas, que las instituciones se inquieten y que la discusión se cierre haciendo desaparecer a la persona que la provoca. De este modo, la idea resulta derrotada de entrada, sin dejar espacio al debate.
Podríamos decir, en palabras de la escritora argentina Ariana Harwicz, que nos oponemos al mundo cuando las explicaciones que se ofrecen frente a un reconocimiento o un rechazo alteran al público. Esa alteración suele resolverse de dos maneras: la posición desaparece porque nadie la defiende, o es aceptada de forma irracional. En ambos casos renunciamos a examinar, y con facilidad damos por equivalentes el escuchar y el aprobar. Esto ocurre incluso en los espacios culturales, que deberían ser los primeros en someter las ideas al examen y en resistir las presiones de quienes se sienten ofendidos.
Y es que la cultura nació para desafiar dogmas, no para administrarlos (Cohen Agrest). Por ello, el encuentro y el debate no pueden excluir la ideología y, mucho menos, someter a censura el pensamiento diferente. Albert Camus expresó esta idea con una frase que parece escrita para esta discusión: “Sin libertad no hay arte; el arte vive únicamente de las restricciones que se impone a sí mismo y muere por todas las demás”. Lo incómodo es el contraste entre ideas y posturas discrepantes, pero es precisamente ese contraste el que mantiene vivo el pensamiento.
Surge entonces la pregunta: ¿qué esperamos realmente de los espacios culturales y académicos? ¿Un lugar donde solo encontremos lo que ya pensamos o uno donde siga siendo posible incomodar? Un ámbito que excluye la diferencia resulta paradójico e irresponsable, pues fue concebido para alojar las voces de la conciencia y a quienes conviven en él.
A lo largo de la historia, el intento de eliminar ideas mediante la censura o la expulsión de quienes las expresan ha resultado ineficaz y contraproducente. Enfrentar una idea errónea requiere debate abierto y argumentos sólidos, no sofocar el pensamiento crítico. Aquí se encuentra la idea central de este escrito: cuando la sociedad y las instituciones intentan silenciar, aun con buenas intenciones, a quienes defienden causas nobles, terminan destruyendo la libertad de expresión y debilitando el debate público. “El camino hacia el control de ideas casi siempre se justifica con propósitos protectores” (Luis M. Rodríguez), o con fines aparentemente correctos: a veces para disfrazar el poder; otras, cuando la percepción subjetiva del daño se impone sobre la verdad; y otras, cuando se quiere desacreditar al mensajero o presionar para que sus argumentos no se difundan.
Por eso la censura en nuestro tiempo es difícil de reconocer: muchas veces no la impone una autoridad, sino el miedo a opinar. Callamos, nos refugiamos en el pensamiento único y creamos un entorno de silencio en el que perdemos el criterio, pues, al eliminar la confrontación, quedamos incapacitados para evaluar la realidad por nosotros mismos. Podemos protestar contra una idea, escribir contra ella, refutarla y hasta considerarla profundamente equivocada sin necesitar que desaparezca quien la sostiene. Ya lo advertía el historiador romano Tácito: el efecto más poderoso de la censura y las persecuciones es atemorizar a los demás, en especial a los menos valientes, y con ello a la creatividad misma.
En conclusión, la censura, aun cuando se presenta con propósitos protectores, sobrepasa sus buenas intenciones: no derrota las ideas, sino que silencia a las personas, empobrece el debate y debilita a las instituciones culturales y educativas que existen para albergarlo. Escuchar no es aprobar, y contradecir no exige expulsar. La mejor defensa frente a una idea que consideramos errónea sigue siendo la argumentación pública, pues solo en un espacio donde la diferencia pueda expresarse sin temor las ideas, incluso las equivocadas, pueden ser examinadas y, cuando corresponde, refutadas. Proteger la libertad de expresión es, en últimas, proteger la capacidad de una sociedad para pensar por sí misma.